Desarrollo del hombre

Los ejemplos citados hasta ahora en este artículo son casi todos negativos: el hombre parece incapaz de desarrollarse sin arruinar el entorno. Y no tiene por qué ser forzosamente así; se puede hacer aún mucho en materia agrícola sin acabar con los bosques, la maleza y los pantanos: en los primeros años de la presente década, hubo una superproducción de cereales en Europa y quedaron almacenados 7,5 millones de toneladas de grano en la CEE «sin salida comercial»; había también 1 millón de toneladas de mantequilla almacenada; y la producción de leche aumentó un 30 % entre 1973 y 1983, a pesar de que los precios bajaron un 20 %.
Una vuelta al sistema de rotación de cultivos po­dría reducir la cantidad de fertilizantes químicos que se vierten a la tierra. El uso de pesticidas podría reducirse efectuando un control integrado de las plagas, método que aprovecha los enemigos naturales de los parásitos para controlar su número; y se podría reducir aún más con un poco de control efectivo, utilizando los pesticidas sólo cuando los parási­tos alcanzan determinada densidad en determina­dos momentos de cada temporada.
En cuanto a las emisiones sulfúricas de las centra­les térmicas y los escapes de plomo de los motores de los automóviles existe la tecnología necesaria para reducirlas; sólo hace falta que los gobiernos tengan la voluntad y la libertad necesarias para im­ponerla: unas leyes estrictas de tratamiento de los vertidos industriales ayudarían muchísimo a la limpieza del agua de los ríos. Si se tuviesen más en cuenta las consecuencias ecológicas de determina­das actividades, en vez de considerar sólo las posibilidades de negocio a corto plazo, se reduciría signifi­cativamente el deterioro ambiental.
El hombre influye positivamente en el entorno con el establecimiento de reservas naturales y parques nacionales. La administración de estas zonas se dirige a la protección de la fauna dentro de todo el ecosistema. Los hábitats particulares son conserva­dos, según su importancia para la vida vegetal y animal, salvaguardando los cambios y las secuencias naturales del ecosistema. Por ejemplo, las llanuras calizas se convierten naturalmente de nuevo en arboledas. Nuevas especies vegetales se establecen en ellas y las especies adaptadas a la llanura caliza, más raras, se extinguen; por lo tanto, a fin de conservar este hábitat, deben ser eliminados la maleza y los árboles invasores. Muchos países en todo el mundo están acotando zonas convirtiéndolas así en «santuarios naturales»; pero no serán suficientes para impedir la extinción de miles de especies de animales y plantas, si no se reducen los destructores efectos de la industria y la agricultura intensiva. En este momento se están extinguiendo más o menos dos especies cada día; y esa tasa va en aumento. A este paso, podría también llegarle el turno al Homo sa­piens, y a nada ni a nadie, más que a nosotros mis­mos, podremos culpar por ello.

Desarrollo del hombre.1.

El establecimiento de parques nacionales y reservas naturales, siempre que estén debidamente controlados constituye una acción positiva. Arriba, el parque nacional de Tsavo Park de Kenia; abajo, el de Barathpur, India

Desarrollo del hombre.2.

Demanda de energia

Demanda de energia .

Una fuente de energía de que dispone el hombre desde hace poco tiempo es la fuerza nuclear. Se derivan de su producción desechos muy radiactivos, que hay que poner «a seguro recaudo». Los materiales radiactivos son letales para los seres vivos a ciertas concentraciones, pero incluso las dosis subletales pueden provocar mutaciones en la descendencia. Algunos de esos desechos pueden ser peligrosos durante decenas de miles de años, por lo que deben ser enterrados a cientos de metros bajo tierra, en rocas que estén a salvo de seísmos y de infiltraciones de agua que pudieran llevar su radiactividad a la super­ficie. Las consecuencias ecológicas de esos residuos pueden afectar a la humanidad a lo largo de cientos de futuras generaciones.
La construcción de centrales hidroeléctricas basadas en presas puede también afectar a los ecosistemas, no sólo por la destrucción de hábitats por culpa de la inundación, sino también por las consecuencias de la privación de agua en los hábitats del curso inferior del río. Antes de la construcción de la gran presa de Asuán, se formaban en el Mediterráneo Oriental barras de arena; éstas originaban lagunas sumamente salinas y ricas en nutrientes, que ofrecían condiciones óptimas para la vida de los camarones, base de una floreciente industria pesquera; con la construcción de la presa, los camarones desaparecieron y la industria pesquera quedó paralizada.
Las mareas negras, que se producen al naufragar petroleros o al sufrir averías las plataformas de perforación petrolífera, constituyen otra de las consecuencias nocivas de la industria energética, ya que conllevan la muerte de muchas especies marinas y aves.
El petróleo ha causado daños irreparables a bancos coralinos y manglares, importantes hábitats de cría para gran número de especies. Los bancos coralinos mueren por asfixia al adherirse a ellos el petróleo; incluso un escaso nivel de contaminación reduce su tasa de crecimiento; los dispensadores químicos empleados para eliminar las mareas negras pueden ser también tóxicos para ellos. Las ave; embadurnadas de petróleo se intoxican cuando tra tan de limpiar el plumaje y engullen petróleo; la: plumas pierden además sus propiedades hidro-repelentes, por lo que las aves marinas se empapan de agua y se ahogan.
También los ríos pueden sufrir contaminaciones de ese tipo. No hace mucho reventó un oleoducto junto a uno de los afluentes del Amazonas, lo que se tradujo en una lengua de aceite flotante de 600 km de largo; tardó tres días en pasar por delante de una localidad, en su viaje de 6 000 km hasta el océano Atlántico; las orillas del gran río, junto con la maleza acuática a lo largo de su curso, se cubrieron de espesos pegotes de aceite, por lo que se teme una destrucción de la fauna de enormes proporciones.

La construcción de presas puede afectar gravemente el equilibrio ecológico del valle de un río. Una gran extensión de tierra queda sumergida, con lo que su fauna se pierde y las regiones situadas río abajo pueden sufrir la privación de agua y de sustancias minerales. Cierto es que el lago artificial que queda detrás de la presa proporciona un nuevo -aunque diferente- entorno acuático

La contaminacion industrial

En los últimos 100 años, el desarrollo de la industria­lización ha ejercido también un importante impacto en el entorno y en los ecosistemas. Los combustibles fósiles empleados -el carbón y el petróleo en las centrales térmicas, y la gasolina y el diesel en los vehículos de motor desprenden en la atmósfera gran variedad de contaminantes químicos; están entre ellos los óxidos de azufre, nitrógeno y carbono. El dióxido de azufre y los óxidos de nitrógeno producen, al mezclarse con agua en la atmósfera, ácido sulfúrico y ácido nítrico, que se precipitan después con el agua de lluvia, produciendo el pernicioso fenómeno conocido como lluvia ácida.
En las últimas décadas, se ha evidenciado que la lluvia ácida ejerce un efecto muy destructor en el entorno de Europa, América del Norte y otras regiones industrialmente desarrolladas del planeta. Inicialmente, el contenido de nitrógeno de la lluvia ácida actúa como una fuente adicional de nutrientes y promueve la velocidad del crecimiento de los árboles; el suelo hace de amortiguador y neutraliza el ácido; sin embargo, al aumentar la acidez, el suelo pierde esa facultad. Nutrientes como el calcio y el magnesio se combinan con los sulfatos y nitratos, se hacen solubles y el agua se los lleva del suelo; con esta pérdida de nutrientes, el crecimiento de los árboles se retrasa, las agujas de los pinos empiezan a amarillear y las copas de los árboles se mueren. La eliminación del calcio y el magnesio hace que sulfatos y nitratos se combinen con los demás metales del suelo.
El más importante de estos metales es el aluminio, existente en el suelo en concentraciones comparativamente altas; suele estar combinado con materiales orgánicos, pero es tóxico disuelto en forma de sulfato de aluminio; éste daña los extremos de las raíces, lo que impide que la planta controle su absor­ción de agua; inhibe además el crecimiento y las de­fensas inmunológicas, permitiendo así que la planta sea atacada por dañinas bacterias, hongos y virus. Por otra parte, son destruidas las bacterias del suelo que descomponen la vegetación muerta y reciclan los nutrientes.

En la República Federal de Alemania, uno de los países más industrializados, el 34 % de los árboles han sido dañados por la lluvia ácida y gran parte de la famosa Selva Negra está devastada. En Escandinavia, los efectos de la lluvia ácida se han acusado de un modo más dramático en los lagos: el aluminio afecta a las branquias de los peces, en las que inhibe el intercambio de oxígeno y de sales; las branquias se empastan con mucus, los niveles de sales se reducen y las proteínas se destruyen, lo que acaba cau­sando la muerte de los peces. Los lagos ácidos son transparentes como un cristal porque en ellos no crecen algas y su nivel de nutrientes es bajo, porque la materia orgánica tarda más tiempo en descomponerse; al aumentar la acidez, disminuyen progresiva­mente los insectos, crustáceos y moluscos del agua, hasta sucumbir bajo los efectos del aluminio. Un total de 9000 lagos escandinavos acusan grandes pérdidas en peces: en efecto, en los últimos 40 años «han muerto» 4000 de estos lagos. En Noruega se ha producido una reducción del 50 % de la población de la trucha marisca, las existencias de salmones se han resentido y los cangrejos de río han sido virtualmente exterminados.
El desprendimiento de dióxido de carbono debido al empleo de combustibles fósiles tiene también consecuencias ecológicas. El dióxido de carbono es absorbido naturalmente por el fitoplancton de los mares y por las plantas durante la fotosíntesis; pero la producción de dióxido de carbono excede ahora con mucho la capacidad de absorción de esos ecosistemas, situación progresivamente empeorada con la destrucción de las selvas pluviales del trópico. Como consecuencia, se está acumulando en la atmósfera dióxido de carbono; sus moléculas atrapan la radiación térmica de la Tierra e impiden que escape al espacio, lo que produce un aumento de la temperatura del aire: es el conocido efecto de invernadero.
Se ha calculado que, al ritmo actual de producción de dióxido de carbono, la temperatura media de la superficie del globo aumentará en 1 – 2 °C en los 30 años próximos. Las condiciones climáticas serán entonces similares a las de la edad media, con prolongadas sequías en verano e inviernos muy crudos, lo que tendrá implicaciones muy serias para la agricultura y podría traducirse en escaseces alimentarias. Para mediados del siglo XXI, las temperaturas globales podrían haber subido en 4 °C, lo que podría traducirse a su vez en una fusión del hielo de los casquetes polares y un clima mundial más húmedo; esto ejercería un efecto dramático en los ecosistemas, pero podría ser muy favorable para la agricultura.

La contaminacion industrial _Efectos de la lluvia ácida

La erosion

Peligros de la erosion

La aplicación de abonos y pesticidas sintéticos reduce el contenido orgánico del suelo y su fecundidad natural, y, en muchos casos, el número de animales que viven en el suelo; éste se convierte entonces en un simple medio físico de sostén de las plantas; ello puede traducirse a su vez en la erosión del suelo, empeorada a menudo con la retirada de los árboles y de la maleza, que tanta resistencia ofrecen al viento y tanto ayudan a fijar el suelo. España es, según el último informe de la OCDE sobre el medio ambiente (junio de 1985) uno de los países de la organización que más rápidamente se está desertizando, junto con Australia y Estados Unidos de América. Aunque no está probado por estudios rigurosos, generalmente se admite que una cuarta parte del suelo español se está desertizando. Como factores que provocan esta desertización, pueden señalarse las frecuentes avenidas, la sequía estival y el abandono histórico de los cultivos. Amenazan también con agravarla factores modernos como las migraciones rurales, la repoblación salvaje, la utilización de tecnología y utillaje erosionantes y los tan frecuentes, últimamente, incendios forestales.
En los peores casos, la rotación puede acarrear la pérdida total de la tierra susceptible de cultivo, proceso denominado desertización Cada año se degradan en el mundo entero dos millones de hectáreas de tierra laborable. La desertización amenaza al 35 % de la superficie terrestre del planeta y a una quinta parte de su población: están ya afectados unos 135 millones de personas, en su mayoría en África, India y Sudamérica.
La desertización puede producirse por varias ra­zones. Por ejemplo, la gradual expansión de los grandes desiertos arenosos se traduce en una ofen­siva de los arenales y las dunas contra la tierra pro­ductiva. El desierto del Sahara ha crecido hacia el sur alrededor de 650 000 km2 en los últimos 50 años. Otra razón es la erosión de las tierras marginales por el exceso de apacentamiento y la plantación en laderas empinadas, lo que hace al suelo vulnerable a la sequía, al viento y a los fuertes aguaceros que barren la capa superficial del suelo. Los planes de regadío hechos a la ligera pueden aumentar el contenido de sal del suelo, hasta imposibilitar los cultivos. El des­censo de la capa freática por la sequía o la extracción de agua favorece también la desertización.
La destrucción de las selvas tropicales para extraer madera o abrir terrenos a la agricultura se traduce casi irremediablemente en serias consecuencias para el entorno. A escala mundial, se destruye cada año más del 1 % del terreno (unos once millones de hectáreas) que queda cubierto por selvas. Las selvas tropicales protegen las cuencas fluviales, ayudan a estabilizar el clima y nos proporcionan un sinfín de productos: madera, combustibles, alimentos, resinas, colorantes y fármacos. Siguiendo la tasa actual de destrucción, muchos países tropicales perderán virtualmente toda su selva para finales de este siglo, lo que significará la destrucción de los hábitats de miles de especies de aves y mamíferos, así como de muchas criaturas menores. A ello se añade la ero­sión de suelo, al haber suprimido los árboles que lo fijaban. El suelo es arrastrado entonces por los sistemas fluviales, donde enturbia el agua. Esto reduce a su vez la luz solar que llega a las plantas subacuáticas, con efectos negativos en la fauna de los ríos. Y aumentan las inundaciones, porque el agua de las lluvias pasa más rápidamente a los ríos desde el momento en que los bosques no retienen ya la mayor parte del agua.
Otros aspectos de la agricultura moderna es el aumento del uso de fármacos en los animales de granja, tanto para combatir las enfermedades como  para hacerlos crecer más aprisa. Esto ha provocado el desarrollo de cepas de bacterias patógenas, por ejemplo Salmonella, resistentes a los antibióticos; estas bacterias pueden transmitirse a las personas que comen carne contaminada poco cocida; la Salmonella provoca la intoxicación de los alimentos, y puede ser fatal para los niños y los ancianos; es particularmente peligrosa cuando pertenece a cepas resistentes a los antibióticos, porque entonces es dificilísima de tratar.
La búsqueda incesante de variedades de cultivo mayores y mejores, y de más rendimiento, se ha intensificado en estos últimos años con la introducción de las técnicas de la ingeniería genética. Ahora es ya posible transferir fragmentos de material genético de una especie a otra; por lo tanto, los genes que causan gran rendimiento en una especie se pueden pasar a otra, poseedora de otras características interesantes; de este modo, se pueden producir variedades capaces de aguantar plagas, tolerar la salinidad y la sequía, producir alto rendimiento y resistir los herbicidas. Pero una selección de este tipo tiende a reducir la variación genética natural de una especie; y esto es peligroso, porque los genes que permitirían a la planta hacer frente a los cambios del entorno, es decir, los que le permiten evolucionar, pueden verse eliminados de la población entera.

La erosion.

Los ciclos del azufre y del nitrógeno pueden ser perturbados por la adición artificial de sustancias químicas al suelo, como ocurre en el caso de algunas aspersiones hoy día rutinarias actividad volcánica

Efectos quimicos

Efectos de los compuestos quimicos

Las modernas granjas de cultivo intensivo emplean también grandes cantidades de herbicidas y pesticidas para mejorar las cosechas. La plantación reiterada de grandes extensiones con la misma especie durante un cierto tiempo causa una «potenciación» de las plagas, que se trata rociando repetidamente el terreno durante la época de cultivo. Lo malo es que los pesticidas, con frecuencia, no sólo acaban con la plaga en cuestión, sino con un amplio espectro de organismos diversos.
Insecticidas como el DDT y otros compuestos aromáticos policlorados son de efecto persistente y tardan mucho en degradarse a sustancias biológicamente inofensivas. Se cree que el DDE, un producto tóxico de descomposición del DDT, tiene una vida media de 57 años y, por ese motivo, puede andar reciclado durante varios años a lo largo de las cadenas alimentarias del ecosistema. Los compuestos aromáticos policlorados son solubles en las grasas, por lo que se acumulan en el tejido adiposo de los animales; como resultado, pueden comer las semillas tratadas con ellos los ratones o pájaros, por ejemplo, pasto a su vez de las aves de rapiña, en las que se acumulan entonces en cantidades tóxicas; estos compuestos bloquean la síntesis del calcio y los huevos salen con un cascarón muy delgado, que se rompe fácilmente; inhiben también el desarrollo de los embriones y causan una baja fecundidad en las aves adultas.
Las poblaciones de gavilanes, lechuzas y halcones peregrinos han disminuido a nivel europeo en las regiones donde se utiliza el DDT, y se han recuperado algo allí donde se ha prohibido taxativamente ese insecticida. En Estados Unidos de América ha llegado a extinguirse la raza oriental del halcón peregrino como consecuencia del abuso de los pesticidas.
Los temporales de agua arrastran todas estas sustancias a los ríos, donde entran en las cadenas alimentarias acuáticas. se concentran en los tejidos de los peces y de mamíferos piscívoros, como las nutrias.
La introducción del dieldrin a mediados de los años cincuenta se tradujo en la correspondiente disminución de la población de nutrias. El 80 % de los cadáveres de nutrias examinados en Gran Bretaña entre 1963 y 1973 contenían dieldrin suficiente para reducir la fecundidad de las mismas.
Una consecuencia del empleo regular de grandes cantidades de pesticidas es el desarrollo de cepas de organismos resistentes a los mismos. Esa resistencia se produce por selección natural, debido a que los pesticidas sólo permiten que procreen en la generación siguiente los individuos más resistentes; esto ; puede constituir un problema serio con las bacterias, los hongos y los insectos, que pueden producir varias generaciones en el transcurso de una sola cosecha. En parte de Estados Unidos de América, por ejemplo, se ha comprobado que algunas cepas de bacterias y hongos pueden vivir en el seno de ciertos herbicidas y descomponerlos en sustancias químicas inocuas -para ellos, claro-. En los trópicos, donde se ha empleado el DDT en gran escala para matar mosquitos portadores de la malaria, hay zonas donde han surgido poblaciones de mosquitos resistentes al insecticida, con lo que la malaria vuelve a incrementarse.

Efectos quimicos.

Los nocivos vapores y las masas de espuma de detergentes constituyen un claro ejemplo de la contaminación de un río por los vertidos industriales. Los insensatos y sistemáticos vertidos de desechos en la naturaleza, obra del hombre, pueden dañar gravemente o. matar organismos que viven en el agua y trastornar con carácter permanente el equilibrio ecológico

Consecuencias de la agricultura

Consecuencias de la agricultura.

Los grandes mamíferos carnívoros que amenazaban el ganado fueron las primeras víctimas de las comunidades agrarias, y los osos, lobos y linces, que fueran antes tan abundantes en Europa, apenas existen ahora, circunscritos a tierras marginales y algunas regiones poco pobladas. Los grandes mamíferos de caza, como jabalíes, castores, alces y uros (antepasados salvajes de nuestro ganado bovino), desaparecieron también de gran parte de sus anteriores dominios al extenderse los asentamientos humanos.
El establecimiento de la agricultura tuvo también profundas repercusiones en el entorno, cosa que se puede ver con gran claridad en distintas partes de Europa. El aspecto tradicional del mundo rural, compuesto de pequeños campos rodeados de espesos setos rebosantes de flores silvestres, cortado aquí y allá por bosquecillos y riachuelos de tupidas riberas, es el resultado de las prácticas de labranza efectuadas en los últimos 5 000 años; este paisaje es obra del hombre; originalmente, casi toda la zona estuvo cubierta de densos bosques de caducifolios que brindaban un sinfín de hábitats ricos en vida vegetal y rebosantes de mamíferos, aves e insectos. Pero, con la sofisticación y mecanización constantes de la agricultura bajo el látigo de la presión demográfica, se talaron cada vez más árboles para dedicar el terreno a cosechas y pastos. Tierras consideradas antes como cosa marginal y de poco valor pantanos, brezales y esteros se pueden «mejorar» ahora mediante el drenaje y el empleo de abonos artificiales. Hasta las laderas más empinadas se pueden arar hoy con la ayuda de la maquinaria pesada. Los métodos agrícolas modernos están cambiando la faz del paisaje a un ritmo vertiginoso si se comparan con los de otra época anterior cualquiera.
Es muy fácil para las excavadoras hacer trizas los bosquecillos y la maleza para convertirlos en tierra arable y «útil». En el último medio siglo, se han suprimido por todo el mundo grandes extensiones de maleza viva, y han desaparecido una gran cantidad de viejos bosquecillos, especialmente ricos en es­pecies.
Más del 70 % de las especies de aves campestres dependen del arbolado o de la maleza para alimentarse o anidar. En otras palabras, la supervivencia misma de las aves más comunes del campo está amenazada por la agricultura moderna.
Otra consecuencia de la agricultura moderna es el creciente abandono de la rotación de cultivos. Este tradicional sistema consiste en someter la tierra a un ciclo de cultivo de varios años de duración. El terreno donde se han cultivado, por ejemplo, cereales durante algunos años, se deja en barbecho un año y se plantan en él leguminosas, por ejemplo trébol, durante otro año. Las bacterias de las raíces de las legumbres fijan nitrógeno directamente de la atmósfera y, de ese modo, al crecer las leguminosas, se reponen simultáneamente las reservas de compuestos nitrogenados del suelo (agotadas por el consumo de los mismos durante el desarrollo de los cereales en años anteriores).
Como ahora se dispone de fertilizantes químicos en abundancia, es muy cómodo y «rentable» sembrar las plantas de más rendimiento en el mismo terreno un año tras otro. Hay monocultivos que necesitan grandes dosis de abonos químicos que, cuando hay lluvias fuertes, pueden ir a parar en gran cantidad a los ríos vecinos. Ese influjo de nutrientes -proceso conocido como eutrofización- provoca un rápido crecimiento en ellos de algas y otras plantas; y de bacterias, que medran en seguida en esas condiciones, agotando fatalmente el oxígeno disuelto en el agua. Y los peces y muchos invertebrados acuáticos son incapaces de sobrevivir en aguas mal oxigenadas.

Los sistemas de riego mal planificados pueden dejar un río sin el agua mínima necesaria para subsistir en la época de la sequía. Y un río, incluso grande, puede quedar en este estado, con resultados desastrosos para los animales, y las plantas, que dependen de él

Actividades humanas

Efectos de las primeras actividades humanas

Los primeros seres humanos llevaron una existencia nómada; eran cazadores-recolectores. Carecían de cualquier sistema agrícola o de asentamientos fijos y se limitaban a vagar cazando lo que podían, recogiendo fruta, hojas y raíces silvestres comestibles y arrasando pequeñas superficies de arbolado para conseguir leña y montar sus residencias temporales; una vez que estos nómadas se iban del lugar, los claros que dejaban se recuperaban y cerraban en seguida para volver a su prístina naturaleza boscosa.
Pero incluso los cazadores-recolectores dejaron su impronta perdurable en el entorno. Evidencia de ella es la extinción en Europa del Norte, hacia el final del último periodo glacial, hace 11 000 años, del mamut, del rinoceronte lanudo y del ciervo gigante o alce irlandés; la extinción de estos animales se debió en parte a factores climáticos, puesto que estaban adaptados a un ambiente frío y el calor reinante al terminar los periodos glaciales supuso para ellos un golpe ecológico; pero se debió también a la ac­ción de las poblaciones humanas del paleolítico superior, que para entonces cazaban ya con armas re­lativamente sofisticadas como lanzas arrojadizas con puntas de asta, hueso o pedernal.
Hace alrededor de 10 000 años, los seres humanos empezaron a asentarse (abandonando el estilo de vida de los cazadores-recolectores) a lo largo de las riberas de grandes ríos como el Nilo y el Indo, donde las inundaciones periódicas alimentaban la tierra de nutrientes dando lugar a suelos muy feraces. Cosecharon entonces el grano de plantas que crecían ya allí y, poco a poco, empezaron a cultivarlas. Con la mejora de las técnicas de siembra, se dio preferencia a ciertas variedades que producían más, y aquellos primitivos campesinos empezaron a desarrollar, mediante una selección deliberada, los cereales y las verduras que se cultivan actualmente. Existía ya también ganado doméstico, por lo que aquellas comunidades disponían regularmente de carne y no era ya necesario cazar para procurársela. El establecimiento de la agricultura produjo la «primera explosión demográfica» así como una transición demográfica.

Actividades humanas.

Los cazadores-recolectores kung del desierto de Kalahari llevan una vida nómada, cazando lo que pueden y recogiendo raíces y fintas comestibles. Hacen claros en superficies pequeñas de terreno para establecer sus habitáculos temporales y marchan después de allí; los calveros recuperan en seguida su estado original. Es tan poco lo que le roban al entorno, que no se produce ningún deterioro ecológico permanente en el territorio donde viven

Hombre y naturaleza

Hombre y naturaleza_Agave

Todos los ecosistemas estables comprenden una compleja red de organismos -incluido el hombre- dependientes unos de otros para su supervivencia. La interferencia en cualquier especie tiene repercusiones para muchas otras especies: es obvio, por ejemplo, que la destrucción de un bosque para convertirlo en madera o para obtener tierras de labranza priva de hogar a muchos animales. En muchos casos, la supresión de una sola especie puede afectar a otras muchas; esto se evidencia sobre todo en los polinizadores de plantas especializados; la reducción en número de algunas orquídeas se debe a la pérdida de los insectos polinizadores; asimismo, en América del Norte están desapareciendo cada vez más los agaves (que son polinizados por murciélagos), debido al empleo de la savia azucarada de la planta para hacer bebidas alcohólicas; como consecuencia de ello, los murciélagos corren peligro de extinción si no se procede a replantar los agaves.
Desde que los primeros seres parecidos al hombre aparecieron sobre el planeta, hace unos cinco millones de años, han modificado su entorno. Es posible que alguna vez los seres humanos hayan vivido en armonía con su entorno; pero con mayor frecuencia han ejercido una influencia destructora. A veces, las modificaciones del entorno han sido deliberadas, por ejemplo cuando se ha derribado el arbolado por mor de la agricultura; en otras ocasiones, los trastornos se han debido incidentalmente a otra actividad, por ejemplo a la destrucción de los bancos coralinos por los vertidos de petróleo. Hoy día no queda casi ya ningún lugar de la Tierra que no presente señales de las distintas actividades de la humanidad.

Hombre de cro-magnon

Hace alrededor de 35 000 años, empezaron a desaparecer los hombres de Neanderthal. Y 5000 años después, ocuparon su lugar los hombres de Cro- Magnon (Homo sapiens sapiens), bautizados así por el nombre de una cueva de Francia. Estaban probablemente mejor adaptados al clima de los periodos glaciales y experimentaron un crecimiento demográfico más rápido. Los hombres de Cro-Magnon fueron a todas luces inmigrantes de Asia Occidental, donde vivieron sus antepasados hace alrededor de 45 000 años. Estos antepasados asiáticos, a su vez, probablemente descendieran de una forma africana anterior del Homo sapiens.
La expansión del hombre moderno desde África podría estar relacionada con la creciente aridez del norte de África durante los últimos periodos glaciales. Hace alrededor de 20 000 años, los antepasados de las razas humanas actuales habían alcanzado las principales regiones del planeta, incluidas América y Australia.
Cuando los hombres de Cro-Magnon llegaron a Europa, introdujeron una cultura nueva y sofisticada, conocida como el paleolítico superior. Emplearon por primera vez materiales difíciles de trabajar, como marfil, asta y hueso; sus pinturas rupestres y unas pequeñas esculturas son las primeras obras de arte conocidas. El hombre de Cro-Magnon y sus contemporáneos no europeos hicieron una serie de inventos: instrumentos musicales, candiles de aceite y, más tarde, el arco y la flecha. El fin de las glaciaciones, hace 12 000 años, puso a punto el escenario para la primera revolución agrícola, que tendría lugar 2000 años después. Desde entonces, las civilizaciones han seguido desarrollándose hasta el segundo gran salto adelante, marcado por la revolución industrial y la tecnología actual.

Hombre de cro-magnon.

El mamut que vemos tallado en un colmillo de mamut es un bello ejemplo del arte y la artesanía del hombre de Cro-Magnon, que vivía hace 35 000 años

El hombre neardental

Hace alrededor de 200 000 años, había aparecido una nueva variedad de hombre en Europa y el Asia Occidental: el hombre de Neanderthal (Homo sapiens neanderthalensis), el primero que supo adaptarse con éxito a las condiciones de la tundra.
Para los paleontólogos, uno de los avances culturales más importantes de aquellos seres fue la costumbre de enterrar sus muertos en cuevas, debido a lo cual se han hallado esqueletos casi enteros, protegidos allí de su destrucción por los carroñeros o por la atmósfera.
Los hombres de Neanderthal típicos, de hace 50 000 años, eran bajos y robustos, pesaban alrededor de 55 kg y tenían una complexión similar a la de los esquimales y lapones actuales, pero más musculosa. Su cráneo era más grande (vinos 1 500 cm3) que el del hombre actual, pero era de forma diferente. Su cara era grande, dominada por rasgos rudos y prominentes. Algunos científicos creen que los hombres de Neanderthal no podían propiamente hablar, debido a la diferencia de forma de su laringe;  pero ello no ha sido probado y habla en su contra la complejidad de su cultura y su estilo de vida. Los ritos funerarios comprendían, en algunos casos, el cubrimiento del cadáver con flores o con una piedra tallada y la inclusión en la tumba de algo de alimento, para una posible vida ulterior.

El hombre neardental.